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El Kalevala - cap VII

VII
LEMMIKAINEN EL AVENTURERO


Hora es ya de hablar de Athi Lemmikainen, de cantar al bullicioso y astuto mozo.
Athi, el bullicioso hijo de Lempi , fue educado por su dulce madre en una casa construida a orillas del ancho golfo, detrás del promontorio de Kauko.
Allí creció Kaukomieli , nutriéndose de peces, hasta llegar a ser un hombre entre los hombres, un héroe de hermoso rostro, de tez rosada y fresca, erguida cabeza, noble y soberbio el ademán. Pero tenía un pe¬queño defecto, una costumbre poco digna de elogio: siempre vivía en pos de las mujeres, pasando sus no¬ches a la caza de aventuras, frecuentando las alegres veladas de las mozas, los ruidosos juegos de las de lar¬gas trenzas.

Y sucedió que había en la isla de Saari una rubia doncella, una radiante flor, llamada Kylliki. Crecía y se hacía mujer en la ilustre casa de su padre, sen¬tada en el escaño de honor.
Y la fama de su belleza voló a lo lejos; y de todas partes acudieron pretendientes a solicitar su mano. El bullicioso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, concibió el proyecto de ir también él a pretender a la doncella, la de las largas trenzas, la graciosa flor de Saari.
Su madre trató de disuadirle, queriendo retenerle a su lado: "Guárdate, hijo mío, de pretender a quien es de más noble estirpe que la tuya. De ningún modo se¬rías admitido en la ilustre familia de Saari".
El travieso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, res¬pondió: "Si no pertenezco a una ilustre casa, si no des¬ciendo de una alta estirpe, yo me haré agradable por mi rostro, yo sabré seducir sin otros méritos que los de mi persona".
Y enjaezó su caballo, lo unció al trineo, y partió con estruendo, para ir a solicitar la mano de la graciosa flor, de la hermosa doncella de Saari.
Pero en el momento en que hacía su pomposa en¬trada en la isla, su hermoso trineo volcó inesperada¬mente. Las mujeres se echaron a reír burlándose de él.
Entonces el jovial Lemmikainen rechinó los dientes, irguió la cabeza, sacudió su oscura melena y dijo: "Nunca había visto ni esperaba oír que una mujer se riera de mí, que me hiciera mofa, una mozuela".
Y sin cuidarse gran cosa de lo que pasaba a su alre¬dedor, levantó la voz y dijo: "¿Hay un lugar en Saari, un lugar donde yo pueda participar en los juegos de las muchachas, danzar con las de largas trenzas?"
Las muchachas de Saari, las vírgenes del promonto¬rio, contestaron: "Sin duda encontrarás entre nosotras lugar para juzgar y retozar como el pastor en el claro del bosque, como el zagal sobre el heno de la pradera. Las mozas de Saari son delgadas; aquí sólo son gordos los caballos".
El bullicioso Lemmikainen no se mortificó poco ni mucho por el tono de la respuesta. Aceptó una plaza de pastor, y durante todo el día cuidaba los rebaños; pero por las noches frecuentaba los alegres corrillos de las muchachas, los alocados juegos y los risueños pasatiempos de las de largas cabelleras.
De esta manera el jovial Lemmikainen, el bello Kau¬komieli, acabó con las burlas de las bromistas; y pronto no hubo doncella en toda la isla, aun entre las más castas y tímidas, a la cual no hubiera prodigado sus ca¬ricias, y con la cual no hubiera compartido su lecho.
Sólo una le faltaba, una virgen que ningún preten¬diente había logrado rendir, que ningún hombre había podido subyugar: era la bella Kylliki, la graciosa flor de Saari.
El alegre, el hermoso Kaukomieli, gastó cien pares de zapatos y cien pares de remos en perseguir a la bella, cortejándola. La bella Kylliki le dijo: "¿Qué ha¬ces tú aquí miserable? ¿Por qué, vil gorrión, correteas nuestra isla, de cháchara con las mozas, siempre detrás de los lindos talles? ¡Nada quiero yo con locos mozal¬betes, con turbulentos libertinos! Quiero por esposo un hombre digno y serio como yo; quiero para mi be¬lleza orgullosa otra belleza más orgullosa aún; quiero para mi noble sangre una sangre aún más noble".
Transcurrió algún tiempo, dos semanas apenas; y un buen día, un lindo atardecer, las doncellas de Saari danzaban y retozaban alegremente en un claro del bos¬que, entre los floridos brezos. Kylliki estaba a la cabe¬za de ellas, como la más ilustre y hermosa.
De repente la llegada de Lemmikainen las sorpren¬dió, apareciendo en su trineo tirado por fogoso caballo. Raptó a Kylliki y la obligó a sentarse a su lado, en el banco de tablillas. Después hizo restallar su látigo sobre los ijares del corcel.
Kylliki vertía amargas lágrimas, la flor de Saari se lamentaba: "Déjame partir, devuélveme mi libertad para tornar a mi casa, junto a mi madre desolada".
Pero Lemmikainen no dejó partir a la bella Kylliki, y le dijo: "¡Oh, Kylliki, perla de mi corazón, dulce y querida amiga, no te aflijas así! No quiero yo hacerte mal alguno. Tú te apoyarás sobre mi pecho al comer, en mi brazo al pasear, cuando me detenga estarás a mi lado, y cuando duerma serás la compañero de mi lecho.
"¿Acaso te desconsuela, y por eso tus lamentos, que no pertenezca yo a una alta estirpe, que mi casa no sea lo bastante ilustre? Si no desciendo de elevada estirpe, si mi casa no es bastante ilustre poseo en cam¬bio una flamígera espada, un acero del que saltan relámpagos. ¡Mi espada sí es de noble sangre, de en¬cumbrado origen! Con ella ilustraré mi nombre. ¡Yo extenderé lejos mi fama, con mi cuchilla de punta de fuego, con mi acero chispeante!"
La pobre Kylliki lanzó un suspiro y dijo: "¡Oh Athi, hijo de Lempi! si quieres tener por esposa a una don¬cella como yo, por compañera de tu vida, has de pro¬meterme con juramento eterno, has de jurarme no em¬prender jamás ninguna expedición guerrera, ni para conquistar oro ni para amontonar plata".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Júrame a tu vez que no volverás a corretear por el pueblo, aunque ar¬das en deseos de retozar y de entregarte a la danza".
Y Lemmikainen y Kylliki juraron juntos, el uno no ir a la guerra, y la otra no corretear por el pueblo, cambiando sus juramentos, sus eternas promesas, en pre¬sencia del dios revelado, del todopoderoso Jumala.
El jovial Lemmikainen llegó al fin a su casa, junto a su madre muy amada, la que lo amamantó a su pecho. La anciana le dijo: "Mucho tiempo has permanecido, hijo mío, sí, mucho tiempo, en tierra extraña".
El jovial Lemmikainen respondió: "Tenía que ven¬garme de las burlas de las mozas, de las risas de las castas doncellas, que habían hecho pública mofa de mí. Y me he vengado raptando a la más bella, lleván¬dome en mi trineo a la mejor de todas".
La anciana dijo: "Glorificado seas, oh Jumala, alabado seas, oh único creador, ya que me has enviado una nue¬ra, una encantadora nuera, hábil en encender la lumbre, experta en tejer el lino, en hilar la lana y en lavar la ropa. Y tú, hijo mío, ensancha tu habitación, agranda las ventanas, levanta nuevas paredes y puertas, engala¬na toda la casa; porque eres el dueño de una hermosa doncella, de una doncella mejor que tú, más noble que todos los de tu raza".

Athi Lemmikainen, el bello Kaukomieli, vivió lar¬gos días en dichosa unión con la joven. Ni él salía a la guerra, ni Kylliki correteaba por el pueblo.
Pero sucedió que un día, una mañana, Athi Lemmi¬kainen salió de pesca, y no regresó a la tarde, ni a la caída de la noche. Entonces Kylliki salió por el pueblo, y fue a mezclarse en los alborozados juegos de las mozas.
Ante tal noticia, el joven Athi, el bullicioso Lemmi¬kainen, fue presa de una larga y fuerte cólera, y dijo: "Oh mi anciana madre: moja mi camisa en el veneno de una negra serpiente y ponía a secar en seguida, por¬que quiero partir a la guerra; quiero lanzar una corre¬ría contra los hogares de Pohjola, donde viven los hijos de los Lapones. Ya que Kylliki ha abandonado la casa y corretea por el pueblo, mezclándose en los corrillos de las mozas, en los alborozados juegos de las de larga ca¬bellera".
La joven Kylliki se apresuró a responder: "¡Guárda¬te de ir a la guerra, mi querido Athi! Mientras dormía profundamente he tenido un sueño: el fuego bramaba alrededor nuestro como el horno de una fragua, las llamas se elevaban en torbellino tempestuoso lamiendo los muros exteriores; después invadían bruscamente la casa, como una salvaje catarata, corriendo de ventana a ventana, saltando desde el suelo a la techumbre".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "No creo en sueños de mujer, ni más ni menos que en sus juramen¬tos. Dame, madre mía, mi camisa y mi armadura de guerra. ¡Quiero beber la cerveza del combate, quiero gustar la dulce miel de las batallas!"
Y el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, comenzó a peinar sus largos cabellos; después colgó el peine en la viga maestra del hogar, y alzó la voz, diciendo: "Cuando el golpe mortal hiera a Lemmikai¬nen, cuando la desgracia haya abatido al infortunado héroe, este peine destilará sangre; la sangre correrá por él en rojos arroyos!"
Y contra la prohibición de su madre, contra los con¬sejos de aquella que lo amamantó, el alegre Lemmi¬kainen se dispuso a partir hacia la sombría Pohjola.
Se cubrió con una cota de hierro, ciñó su tahalí de acero, y dijo: "Más seguro está el héroe en su coraza, más poderoso en su cota de hierro, más audaz con su tahalí de acero. Así puede afrontar los malos hechi¬ceros, puede reírse de los débiles y aun desafiar a los más fuertes".
Tomó su espada de afilada punta, su espada templa¬da en la morada de los dioses, la metió en la vaina y la ciñó a su costado. Después lanzó un mágico silbido, y de pronto, del fondo de un bosquecillo, un caballo acu¬dió, un corcel de crines de oro y encendida pelambre. El héroe lo enganchó a su trineo, a su hermoso trineo, después montó, hizo restallar su látigo ornado de perlas y partió como una centella. Bracea el caballo, se desliza el trineo, el camino se borra, retumban los cam¬pos de oro y las malezas de plata...
Lemmikainen caminó un día y otro día. Al tercer día llegó a Pohjola. Se detuvo ante la primera casa y lanzó una furtiva ojeada al interior. Estaba llena de "tietajat" , de poderosos magos, de sabios adivinos, de hábiles encantadores, cantando todos las runas de Laponia.
El bullicioso Lemmikainen tomó otra forma y pene¬tró audazmente en la vivienda.
El ama de la casa suspendió su trabajo y dijo: "Aho¬ra mismo había aquí un perro, de color rojizo, un devorador de carne, un quebrantahuesos, un chupador de sangre cruda. ¿Qué hombre eres tú, pues, entre los hom¬bres, qué héroe entre los héroes, que has podido cru¬zar ese umbral sin que el perro te haya oído, sin que te haya sentido el ladrador?".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "No he veni¬do yo aquí con mi ciencia y mi destreza, con mi poder y mi sabiduría, con la fuerza y las virtudes mágicas que heredé de mi padre y las runas protectoras que aprendí de mi raza, para ser devorado por tus perros, para ser pasto de tus ladradores".
"Cuando yo era niño mi madre me bañó tres veces en el agua una noche de estío, y nueve veces una no¬che de otoño, para que me hiciese un "tietaja" podero¬so, un encantador famoso en mi tierra y en el mundo entero".
Y el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomie¬li, comenzó a vociferar sus salvajes runas, desplegan¬do su maravilloso poder. Saltaban chispas de sus ves¬tidos de piel, sus ojos fulminaban llamas.
Hechizó a los jóvenes, hechizó a los viejos, hechizó a los hombres maduros. Sólo a uno desdeñó: un viejo pastor de apagados ojos.
El viejo pastor dijo: "Oh alegre hijo de Lempi, tú has encantado a todos, mozos y viejos y hombres ma¬duros ¿por qué me has dejado a mí?".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Te he dejado aparte porque ya eres bastante horrible a la vista, por¬que, sin que yo te haga nada, ya eres bastantes repug¬nante. Porque en tu juventud, cuando no eras más que un miserable pastor, tú has deshonrado a tu hermana, has violado a la hija de tu madre. Y lo mismo has profanado a tus jóvenes yeguas en el marjal, en el ombligo de la tierra, allí donde las aguas fangosas se pudren".
El viejo pastor, al oír esto, fue presa de una violenta cólera. Salió de la casa y se dirigió a la orilla del río Tuoni , de la catarata sagrada. Y allí quedó a la es¬pera, espiando la hora en que Lemmikainen aban¬donase Pohjola para tornar a su patria.

El jovial Lemmikainen dijo al ama de la casa: "Aho¬ra, vieja, tráeme aquí a tus hijas; quiero elegir para mí a la mayor, la más bella de todas".
La anciana respondió: "No te entregaré a ninguna de mis hijas, ni la mayor ni la más pequeña, ni la más bella, ni la más fea, porque tú ya tienes mujer; una legítima esposa en tu casa".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Yo encadenaré allá a Kylliki; la ataré a otros umbrales, a otras puertas. Y encontraré aquí una esposa mejor. Tráeme, pues, a tu hija, la más encantadora de las vírgenes, la más perfecta de las largas cabelleras".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, dijo: "No te entregaré a mi hija, no te entregaré a la núbil des¬posada, a menos que seas capaz de matar de un solo golpe, con una sola flecha, al cisne del torrente salva¬je, el ave del río de Tuoni el de las negras ondas".
El bullicioso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, se encaminó al lugar donde nadaba el cisne, donde jugaba el largo cuello, junto al río de Tuoni el de las negras ondas.
Avanzaba con firme paso, el rápido arco colgado al hombro y la aljaba llena de flechas a la espalda.
El viejo pastor de mortecinos ojos, esperaba a la orilla del río de Tuoni, junto a la catarata sagrada, mirando en torno suyo y espiando la llegada de Lemmi¬kainen.
Pronto lo vio acercarse. Entonces sacó del fondo de las aguas una monstruosa serpiente y la lanzó al co¬razón del héroe atravesándole desde la axila izquierda hasta el hombro derecho.
El bullicioso Lemmikainen se sintió mortalmente herido, y clamó: "Desdichado de mí, que olvidé pedir a mi madre, a la que me llevó en su seno, dos o tres palabras siquiera para los grandes peligros. ¡Oh madre mía, si supieras donde se halla ahora tu infortunado hijo, seguro que correrías en mi ayuda; vendrías a arrancarme a la muerte, a impedirme morir, tan mozo aún, en este funesto viaje!"
El anciano de Pohjola, el pastor de los mortecinos ojos, precipitó al hijo de Kálevala en los abismos del río de Tuoni el de las negras ondas, en el más letal torbellino de la catarata. Y el alegre Lemmikainen rodó al fondo con estrépito, en medio de las olas espu¬mantes, hasta las profundidades insondables. Entonces el sangriento hijo de Tuoni hirió al héroe con su espa¬da de acerada punta y fulgurante hoja, y dividió su cuerpo en cinco, en ocho trozos, y los diseminó entre las fúnebres ondas de Manala , diciendo: "Anda aho¬ra, flota para siempre jamás en estas aguas, con tu arco y tus flechas, y atrévete a disparar contra los cisnes de mi río, las aves que se hospedan en mis orillas".
Así acabó el jovial Lemmikainen; así terminó la aventura del temerario pretendiente, en el negro río de Tuoni, en los abismos de Manala.

La madre del bullicioso Lemmikainen medita y se pregunta sin cesar, en su casa: "¿Adonde habrá ido Lemmikainen? ¿dónde habrá desaparecido Kaukomie¬li, ya que nadie sabe si ha retornado de su viaje por el vasto mundo?"
La pobre madre, la nodriza infortunada, ignoraba por dónde erraba su propia carne, su propia sangre: si entre las colinas cubiertas de yemas, las landas eri¬zadas de brezos, las olas del espumoso mar, o en el seno de las batallas, de los feroces combates, donde la sangre salta al golpe de la espada y corre a chorros hasta las rodillas.
La bella Kylliki, impaciente, escudriñaba todos los rincones en la casa del héroe aventurero. Noche y día contemplaba el peine del esposo. Hasta que un día, una mañana, vio que destilaba sangre, que la sangre manaba por él en ríos rojos.
La bella Kylliki exclamó: "¡Ay de mí! he perdido a mi esposo. Mi hermoso Kaukomieli ha desaparecido en los lejanos desiertos, en las rutas inhospitalarias, en los senderos desconocidos. El peine destila su san¬gre, su sangre que mana a borbotones".
Entonces la madre de Lemmikainen acudió a mirar el peine, y rompió a llorar amargamente diciendo: "¡Po¬bre de mí, infortunada en todos mis días, desdichada para toda mi vida! Mi pobre hijo ha sido herido por su cruel destino, mi desgraciado hijo ha muerto. ¡Sí, muerto está Lemmikainen, puesto que su peine destila sangre; puesto que la sangre corre por él en rojos borbotones!"
Y arrollando al brazo los pliegues de sus vestidu¬ras, se puso inmediatamente en camino con impetuoso ardor. Las colinas se allanan y los valles se llenan a su paso. Así llegó a las tierras de Pohjola, y preguntó decidida por su hijo: "Dime, madre Louhi, ¿qué has hecho de mi hijo? ¿dónde ha sido hallado muerto Lem¬mikainen?"
Madre Louhi, el ama de casa, respondió: "Nada sé de tu hijo. Ignoro adonde fue y dónde se perdió. Yo lo dejé en su trineo, un trineo arrastrado por un fogoso caballo. Tal vez se haya ahogado bajo una avalancha de nieve o haya muerto de frío entre los hielos del mar. Tal vez ha ido a caer en las fauces del lobo o bajo la terrible dentellada del oso".
La madre de Lemmikainen dijo: "¡Mientes con toda tu alma! Ni el lobo es capaz de devorar a mi hijo, ni el oso se atrevería a tocar a Lemmikainen; sus dedos, sus manos, le sobran para dominarlos. Si te niegas a decirme qué has hecho de mi hijo, yo descuajaré las puertas del granero donde secas tu cebada, yo haré pedazos las visagras de tu Sampo".
Madre Louhi, el ama de casa, dijo: "No hagas tal, yo te diré la verdad: le he ordenado buscar el cisne, apoderarse del ave sagrada. Y no sé qué habrá sido de él, porque ni yo le he vuelto a ver ni él ha vuelto a reclamar a su prometida".
La madre de Lemmikainen se entregó a la busca del hijo muy amado, del hijo desaparecido. Corre como el lobo a través de los inmensos marjales, como el oso a través de las tundras; como la nutria, bucea en las aguas hondas; cruza los campos como el jabalí, los ribazos como la liebre, los escarpados promontorios como el puerco-espín. Avenía las piedras a su paso, aparta los troncos de los árboles y las espesas malezas, doblega con el pie los retallos de abeto. Y busca y bus¬ca siempre sin hallar.
Se dirige a los árboles preguntándoles por su hijo desaparecido. Y los árboles alzan su voz, los abetos sus¬piran, las encinas responden sabiamente: "Bastante tenemos nosotros con nuestros propios males, sin cui¬darnos de tu hijo. Hemos sido creados por un destino cruel, traídos a una desdichada vida. Se nos tala, se nos corta en pedazos para alimentar la lumbre de la chi¬menea, para calentar la estufa; se nos prende fuego para despejar la tierra que ocupamos".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. Y habla al camino que se abre a sus pies: "Oh, tú, camino trazado por Dios: ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
El camino le respondió sabiamente: "Bastante ten¬go yo con mis males para pensar en tu hijo. Mi destino es cruel, tristes mis días. He nacido para ser pisotea¬do por los perros, triturado por las ruedas de las carre¬tas, machacado por las groseras botas, hollado por los pesados talones".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. Ve aparecer la luna y se prosterna ante ella: "Oh bienhechora luna, hija de Jumala, ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
La luna le responde sabiamente: "Bastante tengo yo con mis males para cuidarme de tu hijo. Mi destino es cruel, duros mis días. He nacido para vagar solitaria en el seno de la noche, para arder entre los rigurosos fríos, para velar sin descanso en los inacabables invier¬nos, para desaparecer en cuanto el estío asoma".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. El sol sale a su encuentro, y se arrodilla ante él: "Oh sol creado por Dios ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
Y el sol, que algo sabe, le responde con dulzura: "Tu hijo, tu pobre hijo, está muerto y enterrado en el ne¬gro río de Tuoni, en las ondas eternas de Manala. Ha rodado por los espumosos torbellinos, hasta lo más profundo de los abismos".
La madre de Lemmikainen derramó amargas lágri¬mas. Y regresó a la fragua del herrero: "¡Oh Ilmarinen, tú que forjabas antaño, que forjabas ayer y que aun hoy sigues forjando: hazme un rastrillo de mango de cobre y dientes de hierro; de dientes de cien brazas de largo, de mango de quinientas brazas!"
Ilmarinen, el inmortal forjador, forjó un rastrillo de mango de cobre y dientes de hierro; de dientes de cien brazas, de mango de quinientas brazas.
Y la madre de Lemmikainen empuñó el rastrillo y se encaminó al río de Tuoni. Sumergió su rastrillo en la brama del torrente, rastreando entre las agitadas ondas, pero sin lograr su propósito. Entonces se inter¬nó ella misma en las profundas aguas, en el caudaloso río, hasta las rodillas, hasta la cintura.
El rastrillo recorre todo el río de Tuoni. Lo retiró una vez, lo retiró dos veces, y a la tercera vez sacó la cota de hierro, y las calzas y la gorra del infortunado héroe, pobres objetos que renuevan su dolor amargo.
Penetró más aún, hasta los últimos abismos de Ma¬nala. Allí, después de haber arrastrado tres veces su largo rastrillo, después de haber rastrillado a lo largo y a lo ancho y de través, sintió que un haz de espigas se había enganchado a los dientes de hierro.
Pero no era un haz de espigas: era el alegre Lemmi¬kainen, el hermoso aventurero, enganchado al rastrillo por el dedo sin nombre de la mano y el dedo mayor del pie izquierdo.
Y el bullicioso Lemmikainen, el hijo de Kálevala, remontó a la superficie del agua. Pero no estaba entero: le faltaba una mano, su cabeza estaba rota, su cuer¬po agujereado, y sin vida.
La pobre madre lo contempló llorando y dijo: "¿Será posible rehacer con estos pedazos un hombre, hacer nacer de nuevo un verdadero héroe?"
Un cuervo escuchó sus palabras y le contestó: "¡No! No puede salir un hombre de lo que ya no existe, de lo que tan cruelmente ha sido destrozado. La trucha le ha devorado los ojos, el sollo le ha roído los hombros. Arroja de nuevo a tu hijo al agua, al río de Tuoni; acaso se convierta en una fuerte morsa, en una ballena gigantesca".
La madre de Lemmikainen, lejos de arrojar nueva¬mente a su hijo en las aguas de Tuoni, volvió a intro¬ducir en ellas su rastrillo, explorando en todas direc¬ciones, hasta que consiguió sacar los trozos de la mano y la cabeza, una vértebra rota, una costilla, y cien pe¬queños restos más. Y ensambló todos los pedazos, y rehizo el cuerpo de su hijo muy amado, del alegre Lem¬mikainen. Soldó la carne a la carne, los huesos a los huesos, las articulaciones a las articulaciones, las venas a las venas.
De este modo la madre de Lemmikainen creó de nue¬vo al hombre, salvó al héroe devolviéndole su primiti¬va vida, su antigua forma, y dijo: "Levántate ya y acaba de soñar en este lugar cruel, morada de desdi¬chas".
El héroe se despertó de su sueño; se irguió, su len¬gua cobró vida, y dijo: "Mucho tiempo he dormido, largo tiempo he descansado, mísero de mí, enterrado en un dulce sueño, en un pesado reposo".
La madre de Lemmikainen dijo: "Y mucho más ha¬brías permanecido ahí, si tu madre, si la desdichada que te trajo al mundo, no hubiera venido en tu auxilio. Dime ahora, pobre hijo mío, dime ahora: ¿quién te arrojó al Manala, quién te precipitó en el río de Tuoni?"
El bullicioso Lemmikainen dijo: "El viejo pastor de los mortecinos ojos, ése fue quien me empujó al Ma¬nala, quien me arrojó al río de Tuoni. Lanzó contra mí una monstruosa serpiente del agua, y yo ¡pobre de mí! no pude sustraerme a mi destino, porque ignoraba las pérfidas mafias de la serpiente, la fatal mordedura de la alimaña venenosa".
La madre de Lemmikainen dijo: "Insensato de ti, que creíste poder hechizar a los hechiceros, embrujar a los lapones, cuando ni siquiera conocías las pérfidas mañas de la serpiente, la fatal mordedura de la alima¬ña venenosa".
Y Ja madre meció y acarició en su regazo al hijo muy amado, hasta que hubo recobrado todas sus fuerzas y su antiguo aspecto. Después le preguntó si le faltaba algo todavía.
El bullicioso Lemmikainen dijo: ";Oh, sí! todavía me falta lo mejor. Mi pobre corazón no está en mi pe¬cho; anda errante con mis pensamientos y mis anhelos, tras las doncellas de Pohjola, las de hermosas cabelle¬ras. La anciana de Pohjola, la de la nariz purulenta, no me entregará a su hija si no mato al cisne del río de Tuoni, si no lo robo al torbellino del torrente sagrado".
La madre de Lemmikainen dijo: "¡Deja a esos maldi¬tos cisnes en las negras aguas de Tuoni, en el torrente que muge! Vuelve a casa con tu tierna madre. Aprecia, al fin, dónde está la felicidad. Y da gracias al Dios reve¬lado, que te ha socorrido eficazmente, que te ha de¬vuelto la vida. ¡Nada hubiera podido lograr yo, sin la ayuda de Jumala, sin la intervención del verdadero creador!"
Entonces el bullicioso Lemmikainen volvió a tomar el camino de su casa, con su madre muy amada, la que lo amamantó a sus pechos.

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